La soledad de Isak Borg

3 noviembre, 2010

JUEZ: Además, profesor se le acusa de faltas menores pero muy graves: insensibilidad, egoísmo, falta de consideración…
ISAK BORG: ¿Y cuál será la pena?
JUEZ: ¿La pena? No sé. Supongo que la de siempre.
ISAK BORG: ¿La de siempre?
JUEZ: Sí, la soledad, naturalmente.
ISAK BORG: ¿La soledad?
JUEZ: La soledad, claro.
ISAK BORG: ¿Y no habrá gracia para mí?
JUEZ: No me pregunte. Yo de eso no sé nada.

Fresas salvajes, 1957.

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El sueño de Isak Borg

30 octubre, 2010

Me llamo Eberhard Isak Borg.

En la madrugada del sábado 2 de junio, tuve un sueño extraño y muy desagradable. Soñé que durante mi paseo matutino me perdía en un barrio de la ciudad totalmente desconocido y erraba por calles desiertas con casas decrépitas.


Maria: 10:30 pm Summer

19 septiembre, 2010

“Palestra was an idiot. Anyone who refuses to understand that love can change or be transfered or just quit is an idiot. Period.”

(“Palestra era un idiota. Cualquiera que rehúse comprender que el amor puede cambiar, transferirse o simplemente acabar es un idiota. Punto.”)


Otto Dietrich zur Linde

23 junio, 2010

Nací en Marienburg, en 1908. Dos pasiones, ahora casi olvidadas, me permitieron afrontar con valor y aun con felicidad muchos años infaustos: la música y la metafísica. No puedo mencionar a todos mis bienhechores, pero hay dos nombres que no me resigno a omitir: el de Brahms y el de Schopenhauer. También frecuenté la poesía; a esos nombres quiero juntar otro vasto nombre germánico, William Shakespeare. Antes, la teología me interesó, pero de esa fantástica disciplina (y de la fe cristiana) me desvió para siempre Schopenhauer, con razones directas; Shakespeare y Brahms con la infinita variedad de su mundo. Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y gratitud, ante cualquier lugar de la obra de esos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable.

Jorge Luis Borges, “Deutsches Requiem”, El Aleph, 1949.


Prinz H.

20 abril, 2010

Un buen día ingresó en el instituto el príncipe H., que pertenecía a uno de los linajes más influyentes, antiguos y conservadores del imperio.

A todos los demás, sus ojos suaves les parecieron inexpresivos y llenos de afectación; burlones, tildaron de afeminada su manera de echar hacia un lado una cadera cuando estaba de pie y de jugar lentamente con los dedos mientras hablaba. Pero el principal motivo de escarnio era el hecho de que no hubiera sido acompañado al internado por sus padres, sino por el que había sido hasta entonces su preceptor, un doctor en teología y miembro de una orden religiosa.

Pero Törless, en cambio, había experimentado desde el primer momento una fuerte impresión. Quizá contribuyera a ello la circunstancia de que se tratara de un príncipe con acceso a la corte, pero en todo caso aquella era una persona diferente a todas las que había conocido.

(…)

Así pues, el trato con el príncipe se convirtió para Törless en una fuente de un delicado placer psicológico. A través de él se inició en esa clase de comprensión del género humano que permite conocer a los demás y disfrutar de ellos, intuyendo su personalidad espiritual, por el tono de la voz, por la manera de coger algo con la mano, incluso por el timbre de su silencio y todo lo que expresa su actitud corporal cuando se amolda a un espacio, en fin, por esa única manera auténtica y completa de ser un ente espiritual y humano, por esa calidad móvil, casi inaprensible, que reposa, como en torno a un mero esqueleto, sobre el núcleo y todo lo aprensible y comunicable.

Robert Musil, Los extravíos del colegial Törless, 1906.


Traidores

14 abril, 2010

En las más profundas entrañas del infierno, el noveno y último círculo, penan en cuatro esferas concéntricas aquellos sobre los que Dante echó la peor maldición: los traidores. Se trata de un oscuro pozo, “un abismo que devora a Lucifer y a Judas” con la forma de un lago helado en el que los traidores de la más variada calaña agonizan en las sepulturas de un frío glaciar.

Según la gravedad de sus traiciones, los condenados se hallan enterrados bajo el hielo a distintos niveles de profundidad, todos ellos heridos por las ráfagas de los helados vientos que levantan las seis alas de Lucifer. En el último recinto, la peor casta de traidores -aquellos que actuaron contra sus benefactores- pena completamente sumergida bajo el transparente hielo. Lucifer derrama lágrimas por los seis ojos de sus tres rostros, condenado, cual Sísifo, a triturar eternamente con los dientes de cada una de sus bocas a los tres mayores traidores de la historia: Judas, Bruto y Casio.

Gustave Dorè - Traitors

En la esfera Antenora, comparten la misma fosa el conde Ugolino della Gherardesca y el arzobispo Ruggieri degli Ubaldini, aunque Dante juzgara la traición del primero menos severamente que la del segundo: el arzobispo no sólo está condenado al frío, sino también a que el conde le roa continuamente la parte posterior de su cráneo. Cuando el poeta inquiere a Ugolino sobre su castigo, éste se limpia la sangre y los sesos de la boca con el pelo de la misma cabeza que mordisquea y relata su desventurado final a causa de la traición de Ruggieri.

Gustave Dorè - Ugolino and Ruggieri

En febrero de 1289 el arzobispo Ruggieri, en el seno de complejas intrigas de poder, traicionó a Ugolino y lo mandó encerrar con sus hijos en la Torre del Hambre, donde todos murieron por falta de alimento. Lo curioso es que en el relato que Dante pone en boca del Ugolino literario hay un verso de una gran ambigüedad. Cuenta el pisano de Gherardesca que fue encerrado en la torre con sus hijos por el traidor cuya nuca está condenado a roer y que cuando comprendió que todos iban a perecer comenzó a morderse las manos desesperado por el dolor de ver el hambre de sus hijos. Estos, sin embargo, pensando que se mordía por su propia hambre le ofrecieron al padre sus carnes -en vano- para que se las comiera y se aliviara. Pasados cinco días, Ugolino vio morir a sus hijos ante sus ojos.

Gustave Dorè - Ugolino

Ciego y asolado por un insoportable dolor, lloró entre las sombras de los cadáveres de sus vástagos durante una interminable noche. Por último, narra misteriosamente el conde, “pudo más el hambre que el dolor”.

“Poscia, piú che’l dolor, pote il digiuno.”

Y tras concluir su relato con un verso tan ambiguo, el conde Ugolino della Gherardesca torció los ojos y retornó a mordisquear como un perro el cráneo del arzobispo Ruggieri degli Ubaldini.

En “El falso problema de Ugolino”, uno de sus Nueve ensayos dantescos, Borges contrasta las diversas interpretaciones sobre el sentido de este verso. ¿Por qué esa deliberada ambigüedad que sugiere el canibalismo no demostrado de una figura histórica? Los estudiosos antiguos de la Divina Comedia interpretaron que el hambre consiguió matar a Ugolino antes de que lo hiciera su terrible dolor. Sin embargo, los comentaristas modernos leyeron en estos versos que el conde se comió la carne de los cadáveres de sus hijos antes de morir.

Borges concluye apuntando:

“¿Quiso Dante que pensáramos que Ugolino (el Ugolino de su Infierno, no el de la historia) comió la carne de sus hijos? Yo arriesgaría la respuesta: Dante no ha querido que lo pensemos, pero sí que lo sospechemos.”

Porque, añade Borges, sólo vislumbrar el canibalismo del conde es más tremendo que negarlo rotundamente o afirmarlo con certeza.


Amalfitano

18 marzo, 2010

La primera impresión que los críticos tuvieron de Amalfitano fue más bien mala, perfectamente acorde con la mediocridad del lugar, solo que el lugar, la extensa ciudad en el desierto, podía  ser vista como algo típico, algo lleno de color local, una prueba más de la riqueza a menudo atroz del paisaje humano, mientras que Amalfitano sólo podía ser visto como un náufrago, un tipo descuidadamente vestido, un profesor inexistente, un soldado raso de una batalla perdida  de antemano contra la barbarie, o, en términos menos melodramáticos, como lo que finalmente era, un melancólico profesor de filosofía pasturando en su propio campo, el lomo de una bestia caprichosa e infantiloide que se habría tragado de un solo bocado a Heidegger en el supuesto de que Heidegger hubiera tenido la mala pata de nacer en la frontera mexicano-norteamericana.

Roberto Bolaño, 2666.