Los inútiles, Federico Fellini (1953)

11 febrero, 2012

I vitelloni puede verse como el relato realista con tintes románticos fellinianos de un grupo de hombres hechos y derechos que no terminan de encontrar un lugar en la sociedad. La resistencia que estos oponen contra el yugo de la productividad y contra la tiranía de la sensatez es encantadora. Sin embargo, a mí lo que siempre me importuna de estas grandes películas -me asalta, inevitablemente-, independientemente de lo mucho que me gustan -o precisamente por ello-, es su univocidad y estrechez referencial.

Entonces reescribo el guión, una macabra acrobacia de mi Historia alternativa del cine, que consiste en recrear el mismo escenario, pero con el sexo opuesto, igual de puro y excluyente, cosa que, dado que no estamos ante una imagen mixta, ni ante un hecho aislado, me parece saludable. Los resultados forman parte de un género imposible entre la ciencia-ficción y el cine fantástico surrealista.

Se acabó el encanto, se congeló la belleza, se me tuerce el gesto desde mi no-lugar en la historia. En los armarios de todos estos zánganos cuelgan camisas cosidas por mujeres, mujeres honradas o deshonradas por tácitas convenciones que emanan de un estable pacto social que estos rebeldes acatan dócilmente, mujeres a las que estos simpáticos transgresores nunca jamás aceptarían en su hermoso club de los inútiles.


Derrida cuestiona al hombre

25 octubre, 2011

¿Qué es «alguien»? ¿Cómo define a «alguien»? ¿Quiere decir que ese «alguien» se trata de una «persona», un « yo» , un «sujeto»? Aquí hay ya tres definiciones diferentes. ¿Es una intención? ¿Un inconsciente sexuado? De antemano hay que determinar lo que uno quiere decir con «alguien». Nunca he dicho que la escritura se afirme como una especie de poder general o abstracto, como una sustancia. Eso no es la escritura que se afirma; no, es siempre, como usted dice, «alguien». Pero yo propondría no determinar a este «alguien» bajo ninguno de los términos de la tradición metafísica: ni un alma ni un cuerpo ni un yo ni una conciencia ni un inconsciente ni una persona.

Dirá usted: «Entonces, ¿qué queda?» Bueno, queda «alguien» que piensa y que, por ejemplo, interroga, se interroga sobre todo lo que, en su lengua, en su cultura, le obliga a pensar todavía «alguien» en términos de yo, conciencia, hombre, mujer, alma, cuerpo, etc.; ese «alguien» que piensa interroga a la historia, cómo se ha constituido, qué quiere decir «alguien», si «alguien» no se reduce a todas estas determinaciones.

Hay siempre en el interior del idioma, en el interior de la propiedad, una diferencia y un comienzo de expropiación, que hace que el «alguien» que escribe no pueda nunca replegarse sobre su propio idioma, y sea un «alguien» que ya está difiriendo de sí, disociándose de sí mismo en su relación con el otro. Este «alguien» es «algún otro», alguien que habla al otro, no se puede decir que simplemente sea el que es. Yo diría, pues, que si hay escritura supone una afirmación; es siempre la afirmación de algún otro para el otro, dirigida al otro, afirmando al otro, a algún otro. Siempre es algún otro quien firma.

Jacques Derrida, Entrevista con Carmen González-Marín, Revista de Occidente 62-63, pp.160-182, Edición digital de Derrida en castellano.


Bellevue

3 septiembre, 2011

En 1921 Aby Warburg ingresa en Bellevue,  el reputado sanatorio del psiquiatra Ludwig Binswanger en Kreuzlingen, en la orilla suiza del lago Constanza, como resultado de una grave crisis psicótica que brota desde 1918.

Georges Didi-Huberman hace un apasionante análisis de este período de la vida del fundador de la “ciencia sin nombre”:

Cuando llega a Bellevue el “sismógrafo” Warburg está roto en pedazos. ¿Qué es lo que lo ha roto? Un seísmo histórico de gran magnitud. No su historia individual, sino el encuentro de ésta con la historia occidental considerada en su totalidad. Es al sumergirse en la Gran Guerra cuando el sismógrafo se rompe. Warburg intentó al principio registrar todas las sacudidas: desde el principio del conflicto, en 1914, formó un archivo considerable, recortó millares de artículos, compiló noticias, trazó la evolución geográfica del seísmo humano dibujando las posiciones estratégicas y las líneas del frente, es decir, dibujando las líneas de trincheras, esos “esquizos” practicados en la tierra de Europa para tragarse a los hombres por millones.

(…) En medio de sus veinticinco mil notas sobre la guerra de las trincheras, trastornado por cada muerte humana sin saber nunca quién era el culpable y quién el inocente, Warburg se fundió con los fantasmas: dio en creer que, al haber despertado a los demonios paganos del oscurantismo -objetos de su estudio erudito sobre el Nachleben astrológico en la Alemania del siglo XVI-, él mismo era la causa de la guerra.

(…) La labor de Binswanger fue, justamente, llevar a su paciente a reencontrar, en el seno mismo de sus motivos delirantes, terroríficos o destructores -las serpientes, por ejemplo-, un núcleo de verdad alrededor del cual todo su pensamiento podía, debía, resurgir. Para ello se recurrió simultáneamente a tres medios: una “cura de opio”, un psicoanálisis freudiano y un tercer medio del que la conferencia de 1923 no fue sino la culminación: la reconstitución de un intercambio intelectual, una incitación a trabajar a pesar de todo, a  construir en la locura. (…) Warburg deliraba por la mañana, pero, por la tarde, había “reencontrado a sus espíritus” lo bastante como para ser capaz de sostener una discusión intelectual en torno a una taza de té en compañía de Binswanger y a veces hasta de un invitado como Ernst Cassirer.

Georges Didi-Huberman,  “Warburg en la clínica de Binswanger: Construcciones en la locura”, pp. 332, 335, 342, en La imagen superviviente. Historia del arte y tiempo de los fantasmas según Aby Warburg, 2002.


Los amores de una rubia (1965) – Milos Forman

21 agosto, 2011

Andula, la muchacha rubia, se mira al espejo con un abrigo que le queda grande.  Parece feliz. El abrigo es de Milda, el joven pianista de una banda de Praga que la ha seducido hasta lograr acostarse con ella. Con unas cuantas mentiras tiernamente contadas y algún inofensivo juego de manos Milda consigue que ella, reacia desde el principio, pero no del todo blindada, vaya cediendo tímidamente hasta la entrega total.

Desconocemos si en el fondo ella también quería que ese encuentro sexual tuviera lugar, pues la única voluntad activa es la del muchacho. Lo que sí sabemos es que, como consecuencia del acto, Andula espera obtener otra cosa: una relación amorosa. Mientras ella se pone el abrigo que le queda grande, adelantando todo el amor que va a obtener, el dueño de la  prenda duerme como un niño tras haber saciado un hambre inmediata y sencilla, sin ninguna proyección futura.

Cuando Andula se planta con su maleta en la casa donde vive Milda con sus padres en Praga es tratada como un problema, como una buscona, como una mujer fácil y deshonrada de la que deshacerse. Su ingenuidad recibe una embestida importante. En adelante, probablemente aprenderá a usar el cálculo y a hacerse la difícil en ese peligroso juego. Milda es un muchacho  tierno y despreocupado. A él no le ha pasado nada más allá de la reprimenda de sus padres. Ninguna humillación, ningún malentendido. En su proceso de aprendizaje quizás recordará no dar su dirección a la próxima joven a la que se lleve al huerto.

Se podría pensar que lo que esta deliciosa muestra de cinema verité cuenta forma parte de un sistema de valores caduco y, sin duda, es cierto que mucho  ha cambiado en la raw sexes war desde entonces. Sin embargo,  tantas veces hemos asistido a la representación del acto sexual como un intercambio descompensado, donde uno gana y otro pierde, donde uno engaña y posee y otro es engañado y desposeído,  que se ha fosilizado como un relato mezquino  procesado -o enterrado- en alguna incómoda carpeta de nuestra educación sentimental.


Nunquam non numqua

23 abril, 2011

El Appendix Probi es un palimpsesto que documenta el seísmo lingüístico en tránsito  del latín clásico al latín vulgar, cuyos varios dialectos  darán lugar a las lenguas románicas.  Se trata de un listado de  227 “errores” corregidos del latín vulgar en un inútil intento de conservación de la norma culta del latín clásico. Lo curioso es que este esfuerzo por fijar y conservar ha quedado, irónicamente, como evidencia del cambio que pretendía evitar.  Este apéndice ilustra las paradojas de las perspectivas temporales:  lo que en un momento dado se  registra y se combate como error no es más que un eslabón del cambio, el latido de una mutación histórica.

Recordemos la diáfana dicotomía saussureana “sincronía/diacronía”,  de tan imborrable impronta una vez que se mece en nuestro intelecto. La sincronía es la perspectiva que contempla el fenómeno cultural o lingüístico  en un momento concreto del tiempo (el latín vulgar hablado en el siglo IV, confrontado con una norma culta ya insostenible), mientras que la diacronía es la perspectiva que contempla la  sucesión de los hechos a través del tiempo (la fragmentación del latín que da lugar a las lenguas romance). El Appendix Probi captura, como en una instantánea, la encrucijada en la que esta dicotomía se desvanece en el incesante columpio del tiempo: el instante de una sincronía que se sabe asediada por el cambio.


Prick

17 noviembre, 2010

‘…Do you know why Henry Miller said “I write with my prick”?’
‘Because he did. When he died they found nothing between his legs but a ball-point pen.’

(-…¿Sabes por qué Henry Miller decía “Yo escribo con mi polla”?
-Porque lo hacía. Cuando murió no encontraron entre sus piernas nada más que un bolígrafo.)

Jeanette  Winterson, Written on the Body.


Walden

22 marzo, 2010

The mass of men lead lives of quiet desperation. What is called resignation is confirmed desperation. From the desperate city you go into the desperate country, and have to console yourself with the bravery of minks and muskrats. A stereotyped but unconscious despair is concealed even under what are called the games and amusements of mankind.

Henry D. Thoreau, 1854.