El monte y el alma: érase una vez el Renacimiento

2 abril, 2016

Petrarca

En la colección epistolar titulada Familiarum rerum libri, hay una carta (IV, I) dirigida al teólogo agustiniano Dionigi da Borgo Sansepolcro en la que Francesco Petrarca narra una epifánica excursión a la cumbre del Monte Ventoso, supuestamente realizada el 26 de julio de 1336, en compañía de su hermano Gherardo y unos sirvientes.

Detalla Petrarca que mientras su hermano subía diligentemente por el camino más empinado y directo hacia la cumbre, él iba perdido en sus pensamientos y procurando hallar la ruta más llana y, por lo tanto, la más fácil y dilatada. Esto llevó al caminante en un momento a darse cuenta de la analogía entre esta mediocre andadura física hacia la cumbre y el zigzagueo de su propia trayectoria espiritual hacia la nunca alcanzada perfección. Y entonces se dijo a sí mismo:

Has de saber que lo que has experimentado hoy en varias ocasiones en el ascenso de este monte es lo que te sucede a ti y a muchos cuando os acercáis a la vida beata; pero no es tan fácil que los hombres se perciban de ello, pues los movimientos del cuerpo son visibles, mas los del espíritu permanecen invisibles y ocultos.

Al llegar a la cima el poeta contempló las grandiosas vistas:

Primeramente, alterado por cierta insólita ligereza del aire y por el escenario sin límites, permanecí como privado de sentido. Miré en torno de mí: (…) La frontera entre la Galia e Hispania, los Pirineos, no podía divisarse desde allí, no porque se interponga algún obstáculo, que yo sepa, sino por la sola debilidad de la vista humana; en cambio se veían con toda claridad las montañas de la provincia de Lyon a la derecha, y a la izquierda el mar que baña Marsella y Aigües-Mortes, distante algunos días de camino; el Ródano mismo estaba bajo mis ojos.

Piero di Lorenzo Ritratto di Francesco Petrarca

Entonces se le ocurrió abrir al azar el volumen de las Confesiones de san Agustín que llevaba en la mano y se encontró por casualidad con este pasaje:

Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los anchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas y olvidaron mirarse a sí mismos.

Esta carta de Petrarca es un documento fetiche para montañistas y fuente de múltiples interpretaciones para hermeneutas. La bibliografía al respecto es muy extensa. Lo más probable es que no se trate de la narración de una excursión real, sino de la calculada construcción literaria de una alegoría, a la par que de un iniciático ejercicio de imitatio renacentista de la conversión agustiniana ajustada la medida de su propia experiencia:

Entonces, contento, habiendo contemplado bastante la montaña, volví hacia mi mismo los ojos interiores, y a partir de ese momento nadie me oyó hablar hasta que llegamos al pie; aquella frase me tenía suficientemente ocupado en silencio. (…) ¿Cuántas veces aquel día, mientras volvíamos, piensas que me giré para contemplar la cumbre de la montaña? Me pareció entonces que apenas tenía un codo de altitud en comparación con la altura del alma humana cuando no se sumerge en el fango de la inmundicia terrenal.

Si algunos reivindican a Petrarca como el padre del turismo moderno por este viaje, también se ha escrito que la utilización del entorno natural como correlato de su alma constituye una nueva forma de mirar el paisaje, que se distancia de la sensibilidad medieval y se extenderá posteriormente por Europa como específicamente renacentista.

Narración real de un viaje o construcción literaria de una alegoría, me gusta la idea -teleológica, digestiva, visual, imposible- del ascenso y descenso de Francesco Petrarca, silencioso, con un libro en la mano, midiendo su alma con el monte, trazando con sus huellas -físicamente- el paso de la Edad Media al Renacimiento.


El albatros

7 febrero, 2016

En la cubierta de un barco, entre los versos alejandrinos de un soneto de Les Fleurs du mal (1857), Baudelaire forja una metáfora sobre el artista. El albatros es un ave marina de grandes alas que planea sobre las vastas llanuras azules. Su excelencia es el vuelo oceánico, pero este soberano de los cielos tiene una debilidad: su querencia por lo humano lo lleva a descender para acercarse a los barcos y acompañarlos en su travesía, por lo que a menudo acaba atrapado sobre la cubierta.

El albatros baudelairiano yace sobre las tablas del barco, capturado por la tripulación para su diversión, objeto de burla e incapacitado por el peso de sus grandes alas húmedas para emprender nuevamente el vuelo.

albatros

Baudelaire participa de la visión romántica del artista como una criatura especial, tocada por el genio, representado por las grandes alas que le permiten al ave surcar su hábitat celeste, pero que a su vez devienen marca ridícula e inútil cuando desciende a ras de suelo. Su necesidad de vivir en sociedad lo degrada, lo despoja de su don y lo convierte en espectáculo patético. Tal vez se sintiera así el poeta ante el gran escándalo que ocasionó la publicación de su poemario y durante el proceso judicial por ultraje a la moral pública que acabó por condenarlo.

Hoy casi todas las especies de albatros están en peligro de extinción. Estos días me ha rondado la imagen del artista-albatros, “rey del azul” que sobrevive planeando sobre el océano, desnutrido, pero incapaz de sentir hambre por haber ingerido demasiado plástico.


L’imperfection incurable dans l’essence même du présent

4 enero, 2016

La perfección, gramaticalmente, es el aspecto de las acciones acabadas. ¿En qué momento se produjo el salto, comúnmente hablando, de la perfección como algo simplemente concluido a la perfección como algo perfectamente concluido? ¿O fue en la otra dirección, con el mito de la Creación? Lo concluido sería entonces, desde el origen, oh, perfecto.

Muchas formas verbales llevan en su nombre la marca del tiempo y la del aspecto. El pretérito imperfecto, por ejemplo, es un tiempo pasado (pretérito) cuyo aspecto es, grosso modo, inconcluso (imperfecto): “Brillaba la espuma de las olas en Balbec”.

Es con este foco gramático que retomo uno de los sintagmas más proustianos de Proust: “L’imperfection incurable dans l’essence même du présent”.

Para Proust el presente es imperfecto por definición: siempre contaminado de expectativas, uno nunca está a la altura de aprehenderlo. Está claro que no se refería a la gramática, y sin embargo, es precisamente su aspecto inacabado y durativo lo que condena “incurablemente” al momento presente a su inaprehensible imperfección.


Días pensando en este poema de Sebald, con su conato de traducción reposando en la estepa del documento Sin título 1 mirándome todo el rato desde el fondo de mi portátil

4 noviembre, 2015

Schwer zu verstehen
ist nämlich die Landschaft,
wenn du im D-Zug von dahin
nach dorthin vorbeifährst,
während sie stumm
dein Verschwinden betrachtet.

(Ausgewählte Gedichte, 1964-2001)

Difícil de entender
resulta así el paisaje,
cuando en un tren rápido
por delante de él pasas
de un lugar a otro,
mientras él contempla mudo
tu desaparición.

(Trad. caminosdispersos)


Épistémès domestiques #3 (Sisyphus’ dialectics and dynamics)

26 octubre, 2015

Aspirar por naturaleza al orden de las cosas y fracasar continuamente -¡esporádicos sucedáneos!- constituye un tipo muy específico de desorden.

No aceptar la tendencia de las cosas hacia la descomposición, arrastrar la mirada idealizante e impotente sobre los arrabales que se forman en torno a todos los centros de la materia. Qué clase de marca del alma se inscribe en esta maquinaria de derrota constante, que se resiste a comprender que sería más sensato firmar la paz, múltiples armisticios diarios.

Y sonreir en medio de la ruina y del caos.


Ernst Toller, 1933

21 octubre, 2015

Wo seid ihr, meine Kameraden in Deutschland?
Ich sehe die Tausende, die den Verlust der Freiheit, die Brandmarkung des Geistes lärmend und festlich feiern.
Die Tausende, die betrogen und getäuscht, in Wahrhaftigkeit glauben, das Reich der Gerechtigkeit auf Erden sei nahe.
Die Tausende, die sich sehnen, der geopferten Jugend Deutschlands in Flandern es gleichzutun und jubelnd und singend in den Tod zu marschieren.
Wo seid ihr, meine Kameraden?
Ich sehe euch nicht, und doch weiß ich, ihr lebt. Im Weltkrieg war ein Mann, unter Millionen ein Mann, die Stimme der Wahrheit und des Friedens, und das Grab des Zuchthauses konnte die Stimme Karl Liebknechts nicht ersticken.
Heute seid ihr seine Erben.
Ihr habt die Furcht überwunden, die den Menschen demütigt und erniedert. In stiller unermüdlicher Arbeit achtet ihr nicht Verfolgung und Mißhandlung, Gefängnis und Tod.
Morgen werdet ihr Deutschland sein.


(¿Dónde estáis, camaradas míos en Alemania?
Veo a miles que celebran, con ruido y ceremonia, la pérdida de la libertad, estigma del espíritu.
A miles que, engañados y confundidos, creen verdaderamente que el Imperio de la justicia sobre la tierra está próximo.
A miles que, cantando y gritando de júbilo, anhelan desfilar hacia la muerte emulando a la juventud alemana sacrificada en Flandes.
¿Dónde estáis, camaradas míos?
No os veo; y sin embargo, sé que estáis vivos. En la Guerra Mundial hubo un hombre, uno entre millones, voz de la verdad y de la paz. Ni la tumba del presidio consiguió acallar la voz de Karl Liebknecht.
Vosotros sois hoy sus herederos.
Habéis superado el miedo que humilla y degrada a los seres humanos. Trabajáis silenciosa e incansablemente sin prestar atención a la persecución ni al maltrato, a la prisión ni a la muerte.
Mañana vosotros seréis Alemania.)

Eine Jugend in Deutschland, 1933.
Trad. caminosdispersos


Agua

25 septiembre, 2015

Frantisek Kupka 1906-1909

Días de calor intenso y pegajoso, sin tiempo para ir a la playa. Funcionalidad y eficiencia con capas y capas de sudor superpuestas. Despertares de media tarde de siestas que más bien parecen desvanecimientos, de las que regreso interrogando a mis entrañas sobre mi aptitud para todo esto. Y lo simple que resulta ser bañista.